Los orígenes y la creación del Movimiento
Héctor Pedro García nació el 15 de mayo de 1935. Su vocación sacerdotal tuvo un origen profundamente mariano: a los 12 años ingresó al Seminario Menor porque su madre, viéndolo gravemente enfermo, prometió a Dios que lo dejaría ser sacerdote si se curaba. Aquella promesa materna fue el primer escalón de un camino que lo llevaría a consagrar toda su vida al servicio de la Iglesia.
La historia de su obra más grande comenzó a gestarse en el año 1969, cuando le pidieron asesorar a un grupo juvenil en la Parroquia de Guadalupe. Lo que empezó como una labor local fue creciendo y madurando rápidamente: el 4 de agosto de 1971 asumió oficialmente como Asesor Eclesiástico de los grupos juveniles del Movimiento Familiar Cristiano (MFC) y, para 1974, el Arzobispo de Rosario, Monseñor Bolatti, aprobó su primer estatuto como un movimiento propio dentro del MFC.
Sin embargo, el crecimiento espiritual y apostólico de estos jóvenes llevó a que el 27 de noviembre de 1979 el Padre García fundara de manera independiente el Movimiento Evangelio de Caná (MEC), aprobado oficialmente con carácter arquidiocesano. Poco después, el 14 de agosto de 1980, recibió el nombramiento oficial como Asesor Eclesiástico del MEC. Él nunca concibió esta obra como una estructura estática, sino como un “dinamismo de superación constante, abierto al futuro, en espíritu de peregrinación”.

“Es la vivencia del amor sacrificado de Cristo a la Iglesia al modo de María para atraer la flor y la juventud de Cristo.”
— Pbro. Héctor Pedro García
Un precursor iluminado por el Espíritu Santo
Un dato providencial en la vida del Cura García es que fue ordenado sacerdote el 6 de enero de 1962, a los 26 años, en la Catedral Metropolitana de Rosario. Esa misma fecha —el 6 de enero— coincide con la Fiesta de María de Caná, una señal que marcaría toda su obra futura.
Su profunda espiritualidad mariana se manifestó desde sus años de seminario: en 1958 fue el primer seminarista de su casa de estudios en hacer un “voto de esclavitud a la Virgen María”, consagrándose enteramente a ella según la enseñanza de San Luis María Grignion de Montfort.
El Padre Héctor García fue verdaderamente inspirado por el Espíritu Santo no solo para fundar el MEC en 1979, sino también para crear la primera imagen de la Virgen de Caná en 1982. Se trató de un hombre de fe adelantado a su tiempo, un precursor que supo poner en práctica el espíritu del Concilio Vaticano II. Recién años más tarde, cuando el Papa Juan Pablo II publicó la encíclica Redemptoris Mater (1987) y la Colección de Misas de María (1987), la fiesta de la Santísima Virgen María de Caná se celebró oficialmente en la Iglesia Universal.
El nacimiento de una devoción familiar
Según la historia del movimiento, la devoción a Nuestra Señora de las Bodas de Caná nace en Rosario, en el corazón del MEC. Luego de haber hecho confeccionar aquella primera imagen de bronce en 1982, el Espíritu Santo suscitó en el corazón del Padre Héctor (en 1984) la necesidad de que esta imagen de la Virgen presentando las tinajas fuese distribuida y entrase en las familias.
Por eso, el 17 de agosto de 1984, las primeras imágenes fueron bendecidas por Monseñor López y salieron en misión. María de Caná fue a participar de la fiesta de las familias. Desde ese año, está presente en nuestras comunidades, en nuestras familias y es entregada a los novios en la ceremonia nupcial.
El impacto de esta iniciativa sigue vivo: tan solo el año pasado, 200 de estas imágenes salieron a peregrinar por la ciudad y otros lugares.

Su legado
Monseñor Jorge López, quien lo conoció de cerca, recordaba su “carácter muy alegre” y su frase de cabecera: “reaccionar siempre amando”. Esa alegría y esa convicción de responder al mal con el amor fueron la marca distintiva de su ministerio.
Más allá de su entrega al MEC, el Padre García tuvo una fecunda labor en la Arquidiócesis de Rosario. Organizó las primeras peregrinaciones juveniles a San Lorenzo, impulsando la devoción del entonces beato José Gabriel Brochero entre los jóvenes. También se desempeñó como Vice Canciller del Arzobispado, sirviendo a la Iglesia local con la misma generosidad con la que pastoreaba a sus comunidades.
Hoy, el legado del Padre García perdura en cada joven y en cada matrimonio que, a través del MEC, busca transformar su entorno, viviendo la alegría de la fe y siendo, como él siempre enseñó, “huellas” encaminadas a vivir conscientemente como “signos y partícipes del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia”.

“Santo para santificar”
